Angel Paniagua

Soren Peñalver: El fontanar insistente. Una apreciación de la poesía de Ángel Paniagua

Mi lema es: elige, siente, reflexiona y goza...”, dice Teocles a Eufránor, en la cuarta de las Cartas sobre las sensaciones (Briefe über die Empfindungen) que Moses Mendelssohn compuso hace ahora exactamente doscientos cincuenta años. Y, puesto que “una demasiada cuidadosa disección de la belleza perturba el goce”, habría que procurar entregarse al instante del goce en que se oscurecen todos los conceptos singulares...

A los poetas y a los músicos, en especial, aplicaba el filósofo de la Ilustración alemana su regla persuasiva. Y un poeta a la música muy estrechamente ligado es precisamente el autor de varias publicaciones en el espacio de poco más de un año aparecidas.

Son Bienvenida la noche (Editora Regional de Murcia, 2003), El legado de Hamlet (Renacimiento Sevilla, 2003) y Una canción extranjera (XVIII Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás 2004, Editora Regional de Murcia, 2005) un conjunto poético de asombrosa perfección apoyada siempre en una belleza y una intensidad de anhelo y vida que, inevitablemente, a veces, la permanente lucidez amordaza el goce; aunque enseguida, la insistencia de la emoción a través del fontanar de la palabra recupera el instante, o la memoria.

Ángel Paniagua, uno de nuestros poetas más hondos y perfectos, cultos y valientes (queremos decir, sinceros), ocupa un espacio singular en la actualidad literaria española. El tiempo venidero acentuará la significancia de sus versos más que los expresa hoy. Así, el poeta que se distancia en el sueño, indica la extrañeza del vivir, mostrando al hombre, al amor, al ser, a todos ellos situados en una tierra de nadie:

“Anoche tuve un sueño: caminábamos
los dos por una senda pedregosa
hacia una luz extraña, como aquélla
que pintara en sus cuadros Patinir...”

(Bienvenida la noche, pág. 55)

En todos sus libros, pero sobre todo en los versos de El legado de Hámlet, Ángel nos pone ante el dilema existencial:

“La aparente verdad y sencillez
de las cosas que existen sólo tiene
sentido en el anverso de la vida.
El otro lado oscuro no soporta
verdades aparentes...”

('Reverso de la vida', pág. 53).

Y es en Una canción extranjera (último libro del poeta, aunque no su última palabra) donde la indagación en el ser se hace apabullante, y hace temer al lector que la 'disección de la belleza' anule el goce estético y emocional; pero, entonces, canta la palabra, surgida de su más secreto venero, más hermosamente:

“Era tan delicadamente imprescindible
que convertía el mundo en una arena viva,
refulgente de luz y como quieta, cálida
y a la vez descibrable […] Semejaba
la eternidad del mundo en sus silencios largos
como túneles excavados en el tiempo […]
Tenía voz, color, vestido y compasión
de mujer o de madre o de sibila atenta […]”

('Introibo ad altare Deae', pág. 17).

Oriundo de Extremadura, Ángel Paniagua dota a sus versos de un lirismo lejanísimo que Roma y Oriente, en sus poetas, cifran elegantemente. De aquel Deciano de Mérida, valorado por Marcial, acaso mucho de la música de su prosodia latina. De Abu Walid Jonás ben Abdalos y de Abu Bekir ben Ayyub, los dos poetas más grandes de su tierra en época musulmana, Ángel posee la herencia ascética de estilo del primero, y la sensualidad de temperamento del segundo. Añadiría que también los ecos atávicos del corzo y el lince de los bosques y montes extremeños; y la dulzura odorífera del cerezo, el madroño, la jara, el enebro o la encina, tras la floración de su silvestre asperez.

(Diario La Opinión de Murcia, viernes 25 de marzo de 2005)

Jordi Virallonga: ¿Hacia dónde van los más jóvenes?

A destacar también la trayectoria ascendente de dos poetas: Francisco Serradilla (Sevilla, 1965), de quien debemos celebrar su último libro, Las abstracciones de un gato albino, a mi criterio mucho más sólido que sus dos anteriores, incluyendo El bosque insobornable, que logró el premio Adonais de 1987, y Angel Paniagua (1965), extremeño asentado en Murcia, quien tras En las nubes del alba y Si la ilusión persiste, prepara la publicación de El legado de Hamlet, un libro con poemas excelentes y en los que sorprende la adultez y la profundidad del pensamiento lírico, insertando los temas y momentos de soledad o compañía más frecuentes: el amor, los amigos, el paso de la vida, la rutina, la muerte, la libertad; en fin, un discurso sobre la vida (estupendo el poema La vida razonable) y sobre la poesía (estupendo el poema Soneto falso).

(Cuadernos del Sur, nº 384, Diario de Córdoba, jueves 2 de febrero de 1995)

Rafael Morales Barba

Quizá en este sentido sea bueno señalar dos poetas próximos al neorrealismo y la línea clara, como […] y Ángel Paniagua (1965). […] Ángel Paniagua pertenece a la filiación neorrealista, con afinidades con Benítez Reyes y Lamillar (incluso con la herencia de Carver) pero sabe mostrarse ácimo y reivindicativo de la soledad y dolor del hombre en su estilo inicial de crónica y reportaje. En cualquier caso creo que por encima de En las nubes del alba (1990) y de Si la ilusión persiste (1991) o Una canción extranjera (2004), ha sido en El legado de Hamlet (2003) donde la juventud/ ya sólo un mito— enseña su sonrisa/ desdentada, donde el tono reflexivo ha añadido la soledad y la tristeza y su mejor nivel. Suena el timbre otra vez. A pesar de los modos transitados y los ecos de los últimos de la fiesta, o registros donde la desolación que es vivir, el paso del tiempo y la vecindad de la muerte escarbando hacia el centro de la nada, avanza espléndida en este desolado. Y así estas dos pequeñas joyas, Reflejos y Como muere la luz. Todo un avance hacia la intimidad sin arriesgar en la experimentación formal en exceso, sino en la mirada neorrealista pulida, neoclasicista y donde se reúnen Lamillar y tantos otros, como el García Montero de Canción sol. La larga conversación que emprende Gaviotas desde el Ariel (2005) de homenaje a Shelley, incorpora demasiados poemas discursivos y retóricos en lo reflexivo (prosaizantes muchas veces), en su mirada a la costa ya lejana, casi última. Algo de hueridad ampulosa le habita, aunque cuando quiere la sortea tal y como ocurre en el poema XVI, donde se encuentra el poeta más ceñido a la sensación, y buen decir desde su perspectiva.

(En La musa funámbula. La poesía española entre 1980 y 2005, 2008, pp. 375-376)

Javier Díez de Revenga: 'El legado de Hamlet' de Ángel Paniagua

La editorial Renacimiento de Sevilla, en su colección 'Calle del Aire', ha publicado recientemente 'El legado de Hamlet', excelente libro de poemas de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965), uno de los poetas más interesantes de la lírica reciente surgida en los años noventa en la región de Murcia. Muchos son los libros previos publicados y diversos los registros de su poesía, pero ninguna de sus obras anteriores ('En las nubes del alba', 'Si la ilusión persiste' y la definitiva 'Bienvenida la noche') es tan valiosa y tan unitaria como este espléndido poemario, que reúne hermosas composiciones, concluidas por un extenso poema hamletiano titulado como todo el libro.

Porque, en efecto, el poemario se compone de tres amplias estancias, titulada la primera 'Aquí la juventud', denominada la segunda 'Palinodia del miedo y sus figuras', y nombrada, en fin, la tercera 'El legado de Hamlet'. Pero hay que señalar que, no por ser tripartito el libro, carece de unidad, de cohesión interna, de solidez formal y de unidad intelectual, ya que estas son, justamente, las cualidades más notables del volumen. Si la primera parte es la elegía de una juventud transcurrida, con un fuerte y poderoso lamento del tiempo ido, del tiempo real nacido en la experiencia directa, la segunda parte, también de tono muy elegíaco, la hallamos salpicada de evocaciones y lecturas, recuerdos de experiencias intelectuales en contacto con admirados maestros, desde Cavafis a Gastón Baquero, pero sin olvidar los más sólidos motivos interiores del libro: el olvido, la eternidad, el deseo, el dolor, el desencuentro, la soledad... Quizá esta segunda parte es la que imprime al libro mayor variedad, y la que acoge más registros tanto de contenido como formales.

En este contexto, 'El legado de Hamlet' se ofrece como una lección de búsqueda de la verdad, como el propio poeta nos avisa en las palabras epilogales: "Yo no soy Hamlet (no en mayor medida que cualquier ser humano del por tantos motivos funesto siglo XX), pero el imposible príncipe danés, tan empeñado en justificar con la 'verdad racional' lo que su instinto le exige llevar acabo, es a fin de cuentas un arquetipo, y los arquetipos nos eligen irremediablemente". Lo cierto es que, a través de las ocho estancias de este extenso poema, asistimos a reflexiones sobre el mundo y la vida, sobre el destino, pasando sucesivamente de las sombras a las luces y de lo real a lo soñado, de la consideración del mundo y su desorden a la concepción del mundo sin destino ni rumbo, del tiempo voraz e imparable a la evocación de las desdichas que el cuerpo ha ido gastando, de la muerte junto a las sombras a la lucha por la memoria del pasado, del mundo antiguo y de la condena repetida y rutinaria de la vida a un horizonte sin luz, de la muerte y la verdad al enfrentamiento de la imaginación y la realidad, del sinsentido de ser y haber sido a la conciencia de ignorar dónde vamos o de dónde venimos, para finalmente, llegar a la reflexión de nuestro lugar en el mundo y advertir que las palabras ya no valen, ni tan siquiera la poesía. Y el resto es silencio.

La visión introspectiva del héroe shakesperiano coincidirá en su viaje hacia el interior del poeta con muchas de las representaciones previas que en las dos partes anteriores del volumen se desarrollan, y, en un conjunto más heterogéneo, se conforman sobre todo en el espacio central destinado a la 'palinodia' entre el miedo y las figuras que forjaron al poeta. Similares signos de inquietud ante el paso del tiempo, la memoria, el recuerdo y el olvido, aunque pueda haber espacios esperanzados, conforman, en definitiva un libro muy sólido, de andadura rítmica plenamente conseguida con un endecasílabo constante, y muy original (los degustadores repararán en los hábiles aunque atrevidos endecasílabos agudos, admirablemente logrados) acompasado en pocas ocasiones con los acostumbrados metros complementarios, junto a una palabra poética muy rica, de sostenida hondura conceptual, forjada en el signo de la realidad y de la experiencia que este libro prodiga por todas y cada una de sus páginas.

(Diario La Opinión de Murcia, viernes 5 de marzo de 2004)

Rubén Castillo Gallego

Ángel Paniagua (Plasencia, 1965) comenzó su andadura por el mundo editorial con su trabajo En las nubes del alba, un poemario lleno de intuiciones juveniles donde se nos mostraba como un escritor que “devuelve mundo al mundo” (p. 15) y que ha descubierto, temprana pero luminosamente, que “ser poeta / es buscarse, no buscar una poesía” (p. 33). No hay en estas líneas vacilaciones ni altibajos, sino espléndidas muestras de equilibrio léxico y conceptual. El catálogo de homenajes que tributa (Juan Ramón Jiménez, Pedro García Montalvo, Luis Cernuda, Claudio Rodríguez) nos presenta también la imagen de un poeta que se ha nutrido en múltiples veneros, y que ha sabido extraer de sus aguas la frescura más útil. A pesar de su juventud, ya tiene la suficiente madurez como para interrogarse, no por la atinada elección de sus vocablos o por la música de sus estrofas, sino por su capacidad para ver de forma lírica (“¿He aprendido a mirar?”, p. 23). Por detalles así se conoce a un poeta auténtico.

Casi inmediatamente, ofrece a sus lectores Si la ilusión persiste, pero todo parecía indicar (y posteriores declaraciones del autor así lo confirmaron de forma explícita) que no se hallaba feliz con la publicación del tomo, por antojársele que su ciclo creativo no estaba terminado, y que por tanto resultaba improcedente o prematura la edición. Doce años tardaría (luego lo veremos) en pulir y clausurar esa etapa poética.

Pero realmente la eclosión de Ángel Paniagua llegará con el advenimiento del siglo XXI, cuando en apenas dos años edite tres volúmenes magníficos, que lo popularizan dentro y fuera de Murcia.

El primero es El legado de Hamlet, un libro de imágenes crepusculares, de noches que se apagan y que es inútil prolongar hasta las luces balbucientes del amanecer. Es un tomo donde se nos habla de madrugadas febriles, que se niegan a la conformidad de la clausura y que buscan prolongarse espuriamente, insensatamente. Pasó la alegría del alcohol y nos quedan sus cenizas calcinadas (“Cuanto ardió y fue ventura hoy parece / no estar aquí”, p. 17). La vida, que tantas promesas susurró en nuestros oídos, se ha encogido en una indolencia derrotada, abúlica, muelle (“Suena el timbre dos veces, y la vida, / tumbada en el sofá, se niega a abrir”, p. 19). Eso es todo. Nos ha abandonado el entusiasmo; hemos descubierto que, aunque queríamos agotar las mieles del presente, éstas se nos han vuelto arena entre los dedos. Lo decía Julio Cortázar: “Es la conclusión inevitable, haber querido tanto de la vida, buscarle todo su sentido, y descubrir que vamos derecho a un montón de fósforos quemados”. Hamlet, príncipe de la duda, es de igual modo el príncipe de la decepción. Por eso, el poeta constata con amargura que estamos “aquí, a sólo un paso / de nada diferente” (p.23); y que los demás son, en buena medida, unos personajes extraños que nos rodean y no pueden darnos las respuestas que nos urgen (“No es difícil saberse humano. [...] Lo difícil es hablar con los otros, preguntarles por qué no hablan”, p. 79).

Casi simultáneamente aparece el tomo Bienvenida la noche, refundición y aquilatamiento de los poemas contenidos en su libro de 1991. Se ha hablado en muchas ocasiones de la majestad con que Sánchez Rosillo encabalga sus versos y de la sonoridad manifiesta que con este procedimiento les extrae: pues no es menor la belleza que obtiene de este mismo recurso Ángel Paniagua. “El tema de la vida” (poema que se encuentra entre las páginas 27 y 28) puede servir como ejemplo. Nos encontramos indudablemente ante un libro de amor y desamor, de intensas pasiones melancólicas, de cataclismos de piel y ausencias, en el que nuestro poeta accede a una madurez desencantada, de emociones provisionales, porque está claro para él “que aquellas luces álgidas / que pusieron su brillo en nuestros ojos / se han perdido de modo irremediable: / no somos tan mayores, / pero estamos cansados de esa danza” (p. 37). Tras muchos versos escritos y un buen manojo de palabras publicadas, Ángel Paniagua ha conseguido comprender que un poema no es más (ni menos) que “un fragmento de vida en que el poeta, / hablando de sí mismo, habla de todos” (p. 16); y que un libro es “el resultado final de tanto esfuerzo / por hablarle a la vida con coraje” (p. 107).

Y obtiene el XVIII Premio Antonio Oliver Belmás con otro poemario, que se publica al año siguiente: Una canción extranjera. El escritor despliega una impresionante batería de erudiciones (en inglés, latín, alemán, catalán e italiano) y nos muestra una honda y notoria preocupación por el tema de la muerte (qué impresionante resulta la sección “Officium defunctorum”, entre las páginas 37 y 48). Se intensifica la reflexión sobre el paso de los días (dice que son “infinitas posibles direcciones para un solo purgatorio”, p. 63) y se sigue interrogando sobre el fundamento de su identidad, que no sabe si se ha mantenido inalterada desde los años de su juventud (“¿Soy entonces aquél, / después de todo?”, p. 16). Y si el escritor se formulaba en su libro del año 1990 una pregunta poética y metafísica acerca de su capacidad para mirar, ahora nos dice para cerrar la reflexión que “al final sólo importa la mirada” (p. 79). Ángel Paniagua, desde luego, es uno de los pocos que gozan del privilegio de esa mirada.

(En La voz de los otros, 2006, pp. 244-247)

David Pujante

Este libro de Ángel Paniagua representa la voz más madura del poeta, y es el más unitario y coherente que nos ha dado hasta la fecha. Un libro sorprendente en el panorama poético español actual por insertarse en una inesperada línea necrofílica que recoge, con voz contemporánea (a veces casi coloquial, pero con gran pureza de oficio), las obsesiones tanáticas del simbolismo y del modernismo de finales del siglo XIX. Su radical puesta al día pasa por la confesión descarnada y descarada del poeta: "una naturaleza / egoísta y esclava de sí misma, / un álma turbia y frágil, entregada / al trabajo infeliz, interminable / y solitario siempre de construirse / con palabras." El protagonista poemático reconoce su fracaso ante la vida y ante la poesía en un sincero 'tour de force' por ganar aún la partida al menos en lo que a la escritura se refiere. Es el suyo el camino de la sinceridad poética para dar por fin con el diamante de la expresión lírica, del ansia poética que ha dado único sentido a su vivir desde su adolescencia.

El libro es un ritual, la misa de la destrucción, desde el 'introibo ad altare' al 'ite (m/v)issa est'. El yo lírico, a lo largo del rito, se abre en canal, se sacrifica, se descubre en su miseria ("Ahora debes fingir", "La desgana, el desorden, la basura / interior", la caprichosa mezquindad: "el verdadero / significado del verbo compartir / es tan sólo dejar de poseer.") y propone un irrevocable e irrenunciable camino hacia la nadificación: "Entonces puedes ver cómo la vida / de las cosas se desvanece y forman / sus átomos fundidos un espejo / que no refleja nada [...] como algún día verán ellos / tu cuerpo inerte entrar en su regazo." Cierto imaginismo onírico sirve para crear en las primeras partes del libro el viaje a la aniquilación: el lugar de partida, una "atmósfera insana, el aire que [...] emponzoñé yo mismo"; el de llegada, un pobre sótano, el suelo de la cucaracha aplastada, la ciénaga, y la oscuridad, la nada ("refugiarnos / una vez y otra vez en esta terca / oscuridad que somos y sentimos.") Todos los elementos de lo siniestro se dan en este libro, incluidos la aparición del doble y el observar el protagonista poético su propia muerte. El libro concluye con una galería de personajes, una santa compaña hacia la muerte, en un clima de guerra, el clima por excelencia de lo tanático: un mercenario, un monje medieval, el holandés errante, que escoltan al protagonista lírico y son, todos y cada uno de ellos, el propio protagonista. Ite missa est. El misterio de la resurrección queda para el verbo poético, porque la diosa a la que el poeta hace el rito es la diosa poesía.

(Texto para la contraportada de Una canción extranjera, 2004)

Pablo Alonso Bermejo: Adentrarse en la espesura

Frutos bien distintos de sendas becas a la creación literaria procedentes de la Comunidad Autónoma, son estos dos breves poemarios publicados a finales del año pasado por la propia Editora Regional de Murcia, «Si la ilusión persiste» de Angel Paniagua (Plasencia, 1965) y «La hoja rezagada», de Amparo Fernández Mínguez (Murcia, 1942).

En el primer texto, parece asumido el intento de fluidez que ya vimos asomar en «En las nubes del alba» (aquel buen consejo de J. David Pujante), publicado hace tan sólo un año, y donde la pasión juvenil no es del todo detenida, pero sí encuentra un cauce expresivo de gran agilidad estructural y libertad de vocabulario, que, no obstante, adolece de cierta inconsistencia global que ―muy probablemente― esfuerzo y tiempo limarán.

(Diario 16 Murcia, miércoles 13 de febrero de 1991)

Soren Peñalver: El discurso de un príncipe

 Un libro de poesía, sabemos, no se lee de un tirón. Un libro de poesía se recorre intensamente, deteniéndonos en los pasajes que más nos tocan de cerca, en sus poemas cuyo “asidero plástico” (concepto caro a Cernuda) nos invita a la historia íntima que contiene, al estado moral que nos confiesa, al deseo de verdad y belleza que nos sugiere. El legado de Hamlet acaparó mi atención gozosa toda una noche, lo cual me trajo a la memoria una lectura pasada, de muchos años atrás, cuando en mi adolescencia cayera en mis manos aquel poema de Vladimir Holan titulado Una noche con Hamlet. Leyendo los nuevos versos de Angel Paniagua, he comprendido que no fue al albur el que el poeta me eligiera para presentarle aquí y en esta ocasión. Pues Angel y yo, nuestro sentir poético, con contener otredades indistintas, por fin se han encontrado en una identidad no tan común del intelecto: la retórica existencial, aderezada con una cierta desazón metafísica, podemos decir, ajena a la más mínima sombra teologal, una suerte de certidumbre que ambos compartimos con el estoico clásico o con el laicismo rotundo que un día exclamó aquello de «la chair est triste» sin que por ello el ánimo se refugiara en un abstruso misticismo, y así inauguró la patología sublime de la Modernidad, tal como la debemos a Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud. Mas, en las páginas de El legado de Hamlet he realizado un hallazgo importante, y se trata que su autor no es sólo un fleshy poet, es decir el “poeta carnal” (epíteto aplicado a ciertos poetas ingleses del Romanticismo) que prometía desde su primer libro; también, para Angel, «la poesía es una crítica de la vida» («Poetry is a critic of Life»), como felizmente la definiera Matthew Arnold en el siglo pasado. Y, además, según indica nuestro contemporáneo, el estudioso italiano Mario Praz, refiriéndose al shakesperiano príncipe de Dinamarca, siempre nos circunda al héroe y al poeta «la tragedia de la impotencia del intelecto frente a las exigencias prácticas de la vida.»

Durante la década que Angel y yo nos conocemos, a él quizás le haya parecido que mi amistad, siempre creo que solícita, resultara muchas veces desligada. El siempre ha contado, me consta, con dos o tres amigos valiosos, que para mí poseían la autoridad moral y artística inmejorables, y en los cuales yo delegaba mis desvelos volcados sobre su preciosa persona y refinado gusto artístico. A través del tiempo, de ese tiempo de nuestra valoración mutua y conocimiento, en la poesía y en la vida, las ilusiones y los descreimientos, con versos suyos le contesto ahora con demanda de comprensión:

«¿Cómo voy a sentirme tan distante
de ti como supones, cómo voy
a jugar al maestro y darte fórmulas,
soluciones que no he hallado aún…»

                        (Carta a un joven poeta).

Leyendo a Angel he conciliado escenas, pasajes, momentos de mi propia juventud, de todo aquello que la inquietaba y voluntariaba, y que aún subsiste escondido o más bien velado apenas, tras la máscara de una pretendida sensatez de los años… Siempre admiré la naturalidad de la maestría poética de Angel, su decir las cosas dolorosas y tremendas sin complicación innecesaria de lenguaje, y agradecí a un dios secreto, benigno para él y para mí (con toda seguridad el mismo «cualquier dios que sea» al cual invoca Swinburne en los versos), el que el camino que a esa belleza de perfección y sabiduría espontánea, no aprendida en el desgaste de la edad, no le llegase por inutilmente tortuosos caminos de la vida. Los poetas que por naturaleza equilibran las etapas sucesivas de su vida, al final son guiados por un instinto paralelo y parecido proceso de catarsis y evolución, aún cuando el origen y el destino sean diferentes en cada uno de ellos. En Angel ese proceso de catarsis, de purificación intelectiva ante la obra de arte, la belleza, el gozo de lo singular y lo cotidiano, ha ido, felizmente para mí, desarrollándose de forma inversa a la mía. Es decir, que su inclinación ante las oferentes bellezas de la existencia, los dones terrenos, «les nourritures terrestres» irremplazables para el verdadero poeta, los ha compartido desde el principio con sus deseos espontáneos, aunque cierta melancolía y atisbo de duda existencial subsistieran, antes del conocimiento, en el fondo de su mocedad.

A mí, sin embargo, me ha ocurrido lo que a algunos de los poetas que él más ama: logro rescatar la juventud, mi juventud a la que estigmatizó su ambiente del pasado, renovada con el deseo, la ilusión de la juventud actual, la fuente generosa de la juventud eterna… Y Angel me llevará siempre ventaja, pues sé que su fino instinto le habrá de llevar, a mi edad, a una renovación de su principio natural por esa visión, directa sin más, de este mundo cognoscible sólo con los sentidos sanos del auténtico pagano, quien con un ademán grácilmente directo despeja las entelequias malsanas que ni se atreven a rozar su espíritu selecto. Él no sabe ―ahora quiero confesárselo― que también de él yo he aprendido. Y espero aprender en el futuro. Él lo dice mucho más hermosamente, en su poema Una carta de amor, que aunque no esté previsto, me gustaría que nos leyera esta noche, y en el cual alude, aunque innominadamente, a todos los amigos que dejaron huella en su corazón, aunados por fin junto con los amantes en un gran amor, también aquellos cuya afinidad Angel y yo compartimos: David (Pujante), Antonio (Durá) y Antonio (Martínez  Mengual)… Ellos y nosotros, compañeros leales en el camino de la vida y coribantes del whitmaniano Cult of the Calamus, que asentimos a la realidad más clásica, aquella que a los griegos, según Santayana, a pesar de su clara conciencia del destino, les hacía ser optimistas sin caer en las ilusiones vanas, e independientes sin caer en la vana rebeldía.

Gracias, Angel, en fin, por tu saber poético, por la música, el sentido y la estética del vocablo justo, concertado en belleza y sentimiento, intensidad y delicadeza franca. En tu poesía, en la cual perdura el discurso del Príncipe paradigmático, se contiene la semilla, además, en la que sentimos germinar la madurez de Hamlet, la juventud intemporal, que es la tuya, Angel.

(Texto leído en la presentación de la plaquette El legado de Hamlet, 1995)

Antonio Durá: Angel Paniagua

Dentro de la generación de relevo, o de fin de siglo, Angel Paniagua se perfila como una de las voces más sólidas y personales a tener en cuenta y no sólo en el ámbito de nuestra región.
Extremeño de nacimiento (Plasencia, 1965) y murciano de adopción, reúne en él la perfecta simbiosis de las características de ambas tierras, que enriquecen sobremanera los registros de su quehacer literario.
Contenido y rebelde, osado y distante, tímido y, a la vez, extrovertido, Angel nos puede parecer contradictorio y desconcertante, y eso se debe a su riqueza interior, que aflora a través de sus poemas con una madurez que va tornándose definitiva gracias al freno que a sí mismo se impone.
Es, en palabras de Brines
que comparto totalmente—, "un joven que tiene una tremenda vocación de poeta", y es ésta una pasión que nunca ha disimulado, al igual que la que siente por la música, y lo hace patente a la menor oportunidad, desde su época de estudiante, cuando lo conocí a principios de los ochenta, en su peregrinar por las librerías y actos culturales.
Entre sus cualidades se encuentran la férrea voluntad y la constancia que le hacen luchar por conseguir los objetivos que se marca y superar los malos momentos y las dificultades que se le presentan, aunque, en ocasiones, la prisa, propia de la juventud, le haya hecho perder alguna que otra oportunidad.
Los tan controvertidos Murcia Joven de Poesía, organizados por la Consejería de Cultura, que Paniagua ganó en dos ocasiones, lo lanzaron al ruedo público, y considero, dicho sea de paso, que ha sido uno de los pocos aciertos de dichas convocatorias, que si criticadas en su momento por la parafernalia que las envolvía, ahora son echadas de menos ante la total ausencia de perspectivas para los jóvenes valores.
Angel Paniagua posee un innato don para el verso, que se le entrega sin secretos, y un suelto dominio de la estructura poemática, lo que le confiere a su obra una rara y temprana solidez.
Hay también que decir de nuestro poeta que, además de lector empedernido 
y tan devorador de libros de poesía como coleccionista de versiones operísticas— ha tenido y tiene el gusto, y la suerte, de rodearse de excelentes cómplice, que no me atrevería a llamar maestros, en su trayectoria poética, porque en su obra, si bien es fácil seguir el origen de las más diversas fuentes en las que ha bebido —y eso es lo normal y aconsejable en un joven— conserva intacto el tono de su vigorosa personalidad.
Su amistad con lo más granado de los poetas actuales, como Brines, Villena, Alvarez, Soren Peñalver, Rosillo, David Pujante y otros con nombres menos sonoros y trayectoria más discreta, le permiten un interesante, e inusual trasvase informativo, creativo y humano, raro de encontrar en otros compañeros de generación, y que él alimenta entregando las primeras versiones y posteriores revisiones de sus poemarios, acaso con el loable fin de atender los comentarios y posibles sugerencias.
Sus libros, hasta la fecha
En las nubes del alba (1990), Si la ilusión persiste (1991) y La justicia del tiempo (inédito)— nos muestran la evolución de su mundo poético a la vez que una voz cada vez más madura e interesante.
Es Angel Paniagua un poeta que escribe desde la experiencia con reminiscencias de la tradición clásica. Es su mundo una amalgama de vivencias en las que nos encontramos desde una temprana prontitud a la melancolía como el reflejo de ocasiones en las que la angustia metafísica originada por el paso del tiempo y la meditación sobre la vida, impropias de una obra de juventud, pero muy acordes con los tiempos que nos toca vivir, nos hace encontrar el reflejo del pensamiento de un alma vieja que hunde sus raíces en el otro lado de la existencia.

(Diario La Opinión de Murcia, Viernes 14 de Junio de 1996)

Soren Peñalver: Ser poeta es buscarse

Leyendo el bello ensayo que Albert Béguin dedica a la Aurelia de Nerval, encuentro una frase citada del poeta romántico: "Hay años de angustias, de sueños, de proyectos que quisieran apiñarse en una frase, en una palabra", y su posterior comentario del estudioso francés: "Todo ese pasado tiende a salir de su colocación fortuita, para suministrar una respuesta a las interrogaciones urgentes de quien busca el sentido de su vida y el sentido de la vida". La lectura o insistencia placentera en los poemas de Angel Paniagua, que agrupados en esta publicación última constituyen una selecta colección de dos libros impresos, En las nubes del alba (1990) y Si la ilusión persiste (1991), junto a otros poemas de otros tantos poemarios inéditos: Bienvenida la noche, El legado de Hamlet y La justicia del tiempo, me llevan voluntariamente a la consideración de una personalidad altamente moral y perfeccionadora, la de un poeta que puede decir resuelta y justamente "Aquí dejo este libro,/ resultado final de tanto esfuerzo/ por hablarle a la vida con coraje" (Un poeta español prevé su muerte, vs. 1-2).
Todos los poemas seleccionados en su agrupación, y cada uno de ellos, responden o quieren dar respuesta a esa interrogación que un alma joven pone entre ella y la vida. Angel Paniagua anota en las primeras páginas del volumen de sus versos, a modo de prólogo, una observación que refleja su "única inquietud" que es la de ofrecer la muestra significativa de sus preocupaciones a través de los años que abarcan el tiempo creacional de los cinco libros de poemas. Él lo dice acertadamente en uno de sus poemas entre los primeros publicados, Quête de la Poésie, utilizando un delicioso pasaje de la infancia, acaso en su Plasencia natal, jugando a ser molinero: "Ser poeta es buscarse, no buscar/ una poesía".
Treinta poemas (1987-1996) contiene versos significativos, que expresan el sentimiento y el profundo sentido de ese legítimo afán de la juventud por retener las esencialidades vitales y espirituales sobrevivientes al paso del tiempo; y, con ellas, el deseo de aquello que debió colmarnos: "Vida, ven a enseñarnos cuánto tiempo/ nos robaron de ti, ven a decirnos/ cuántas cosas hermosas y terribles/ debimos aprender en tu regazo, cuántas otras perdimos por querer/ desvelar tu secreto..." (Aquí la juventud, vs. 1-6) El bien hacer versificador del poeta, pasmoso en la treintena de su edad, y ya lo era una década atrás, cuando comenzaba a darse a conocer y ajustar con música relajada, con auténtica melopeya la intensidad moral y meditativa de sus poemas. Angel Paniagua es un poeta de vocación y destino que, aunque hubiera negado a sí mismo su camino, la maestría y la armonía aflorarían inevitablemente en la persona que ahora es y hubiera sido. Como el vegetal que su poesía recrea, el poeta expresa su afán sencillo y único: "Y cuando vuelva/ definitivamente al seno que me trajo,/ seguiré caminando hacia mi adentro" (Meditación del árbol, vs. 17-19).

Con este libro de Paniagua se ha inaugurado la colección de poesía que dirigen Antonio Parra y Francisco J. Flores Arroyuelo y coordina José A. García Sánchez.
Un elegante maridaje de Murcia y Granada cifrado en lazos literarios, que esperamos sean duraderos. Un delicioso y bello dessin de Pedro Serna realza la portada de este poemario, armonizando con el mundo del poeta, e invitando a penetrar a su contenido.

(Diario La Opinión de Murcia, Viernes, 14 de noviembre de 1997)

José Cantabella: Bienvenida la noche

Los seguidores de la trayectoria poética de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965), seguimos emocionándonos cada vez que asistimos a un recital suyo, la última vez y no podía ser menos, volvió a ocurrir, tan turbados durante el acto como felices nos hemos sentido al leer su libro recientemente sacado a la luz (no el último): "Bienvenida la noche", publicado por la Editora Regional de Murcia, el cual nos ha parecido extraordinario, al igual que escuchar de nuevo su bella voz en el Café-Bar "Los cuatro gatos".
Por tanto, cuando el recitante ha leído excitado sus primeros versos, nos adentramos sin paréntesis en el nuevo poemario que es la versión definitiva de un ciclo creativo de nuestro autor principiado con "Si la ilusión persiste", libro que apareció inconcluso, y en el que la noche tiene un gran protagonismo, en cuanto a elemento vivencial, connatural a la edad, visión del mundo y reflexión, la noche como contrapunto al día, el paso de la juventud a la madurez.
Así pues al escuchar otra vez la hermosa voz del recitante, recordamos que después de leer "Bienvenida la noche", un conjunto de poemas elegiacos muy bien elaborados y trabajados, y tras un largo silencio (12 años), podemos apreciar que de forma muy responsable el poeta ha podido escribir con total distanciamiento, mostrándonos la gran maestría adquirida a través de los años de callada escritura, y sobre todo ha conseguido una personalísima voz, donde en la tarea poética que conlleva siempre oscuridad y secretismo, ha proyectado unos bellísimos poemas en los que aparece su reiterada obsesión y preocupación por el paso del tiempo, culpable éste del acabamiento del ser humano como tal y que muestra nuestra esencia conduciéndonos a lugares insospechados.
Mientras escuchamos los calurosos aplausos del público asistente al recital tras cada lectura, apreciamos también que en estos versos el amor cobra mucha fuerza, elemento principal que aúna todas las pasiones.
Antes de terminar el recital de nuestro gran autor nos sentimos cada vez más extasiados, y repasando finalmente "Bienvenida la noche", significamos que este poemario no debería quedar eclipsado por otros posteriores, pues intuimos que pertenece a una época muy importante de la existencia del poeta afincado en Murcia desde hace muchos años, época conflictiva, donde la vida muestra sus armas, periodo de estudiante, al filo de todo, donde se pierde la seguridad de periodos anteriores.
Cuando felicitamos a Ángel Paniagua después del recital lo señalamos ya sin duda como uno de los más grandes poetas españoles de la generación de los 80.

(Diario El Faro, Viernes, 30 de julio de 2004)

Francisco Henares Díaz

Nacido (1965) en Extremadura, arriba a nuestra tierra a los doce años de edad. Últimamente reside en Murcia. Estudió Geografía e Historia, y dos veces obtuvo el Murcia-Joven. Su varia relación con otras artes se patentiza en revistas y publicaciones. De poesía se han editado seis obras suyas, publicadas por la Editora Regional. Destaquemos que es uno de los pocos poetas de la región que han obtenido el premio Antonio Oliver, que todos los años se oferta desde Cartagena. Su obra: Una canción extranjera. La comento. Tras abundantes citas de salida (es el sino de los poetas nuevos; no falta ahí J. Siles, ni F. Brines), el poemario se divide en tres partes; una titulada bajo un latín extraño y lúdico: Ite (m/v)issa est. Importa más, sin embargo, el talante ritual de la muerte, la inesperada línea necrofílica de la que habla el poeta David Pujante en la contraportada. Lo cual no es sorprendente ni en la clásica, ni en la moderna literatura española, pero lo es más en cuanto a relaciones deletéreas con el simbolismo y modernismo propio de los años finales del siglo XIX. La insistencia machacona en estos poemas no parecía muy presente entre la poesía de las últimas décadas. De ahí la extrañeza, en una parte segunda que lleva por título Officium Defunctorum. No se trata de un libro religioso en el sentido más usual. Más bien, se presenta una asunción de la nada, un sentido de la finitud tocada por la cercanía (por las personas fallecidas próximas), y por la cercanía de autores admirados ya muertos (Leopardi, Juan Ramón, Eliot, Rojas). La primera parte (Los días para nadie) surge de un Ille ego virgiliano, que se abre lleno de interrogantes a propósito del propio yo. Un yo imposible sin la diosa poesía. Como si fuera una misa en su honor, escribe un Introibo ad altare Deae. La poesía es fémina de muchos focos (semejaba la eternidad del mundo en sus silencios largos). Pero el ritual de presencia de la muerte es abrumador. Un poema —kafkiano en parte— resulta imponente frente a la cucaracha muerta de un zapatazo. Su agonía (proyección) se resuelve en este título ambiguo: Posibles direcciones. Metafísica de la finitud y literatura del espanto. Creo, además, que Paniagua reúne —como pocos— un uso del endecasílabo de río que nos lleva, en verso recontador, sugerente, una voz conversadora de valía. Lo digo por ese repensarse lloviendo sobre el corazón, con un acordamiento elegíaco que no se ve todos los días. Lingüísticamente gusta de una construcción sintáctica subordinativa, semejante al discurrir de esa mirada lenta hacia los adentros. Lo demostrarían poemas como Palabras desde el borde del camino para Gonzalo Rojas, e igualmente El flagelo de Dios. Estilísticamente la parte cuarta (La senda del cementerio) se propone en doce décimas sui géneris, a costa de endecasílabos blancos. Junto al largo discurrir de tantos otros poemas, ahora el poeta se apremia ante la fugacidad y la presentida, por inminente, muerte. El poema VI (un conejo en la noche que se ha librado de los faros y las ruedas para la muerte) es estupenda proyección interior. Y es que lo que pudiera ser, en toda la obra, un tratado de tanatología se va convirtiendo en un acompañamiento. Mejor: en una forma de completarse con uno mismo, como quería Juan Ramón. Completarse muerte y vida, porque también la belleza reside en la muerte asumida: No sólo no te siento como ajena, / sino que voy contigo, te acompaño… Paniagua es una voz muy sólida. Su poesía embebe en este premio Antonio Oliver.

(Cartagena. Cien años de poesía (1907-2007), 2009, pp. 426-427)